
Soy Alicia Cañete, artista visual. Investigo y creo obras híbridas que fusionan fotografía, dibujo, pintura y textos cortos. Te invito a recorrer mi universo artístico.

Alicia Cañete
Alicia Liliana Cañete, -Alil- desarrolló una serie de proyectos expositivos centrados en la fotografía híbrida, la escritura experimental, la escucha poética y la construcción de experiencias sensoriales vinculadas a la naturaleza de una tierra y una cultura, y la percepción de todo ello.
Viniendo inicialmente del dibujo con grafito carbón y tinta sobre papel, en el período de los últimos años, se inclinó mas tarde por la fotografía realizando safaris fotográficos por la provincia de Corrientes y más puntualmente Esquina, su ciudad de origen.
Progresivamente, las obras comenzaron a expandirse más allá de la imagen fija, incorporando capas sonoras, dispositivos espaciales y recorridos inmersivos donde el espectador ya no observaba únicamente una obra, sino que ingresaba en un clima de presencia.
Las exposiciones funcionaron como territorios vivos: cuerpos visuales y auditivos en diálogo con la sala.
De Tierra de Encuentro como cuerpo expositivo artístico en salas durante 2024 – 2025 dice:
Creé Tierra de Encuentro desde la necesidad de volver a mirar. No el paisaje como escenario, sino como presencia.
La obra nace en Esquina, Corrientes, como si fuese un entrevero de hilos, donde la naturaleza desnuda del paisaje, la fisonomía de su gente pisando agua y campo traman un encuentro. Muchas veces el silencio habla muy fuerte y hasta con memoria.
Esta muestra de artes visuales no intenta documentar un lugar. Intenta permanecer dentro de él.
A través de fotografía híbrida, escucha y espacialidad, Tierra de Encuentro propone una experiencia donde imágen, materia y voz se activan mutuamente.
Los cuerpos Eco, Tierra y Raíz no funcionan como series separadas, sino como distintas formas de atravesar una misma percepción.
Hay obras que observan el rastro humano. Otras desde la materia, el reflejo, la sombra o el desgaste. Como abstracciones o síntesis de aquello que permanece, incluso cuando ya no puede nombrarse con claridad.
La obra sucede cuando el espectador deja de identificar lo que mira y simplemente permanece en la experiencia.

La fotografía es el punto de partida. Pero la obra no permanece dentro de la captura original.
Cada imagen atraviesa un proceso de intervención manual realizado mediante tableta gráfica y lápiz electrónico sensible a presión, utilizando software desarrollado para sintetizar el comportamiento real de materiales tradicionales.
La herramienta permite interpretar:
La dureza de los carbones y grafitos, la carga y absorción de la acuarela, el desgaste del pincel seco, las transparencias, las veladuras, e incluso la respuesta de distintas superficies según su trama.
De esta manera, la tableta y el lápiz digital dejan de funcionar únicamente como dispositivos tecnológicos y comienzan a comportarse como lienzo y herramienta de dibujo.
El proceso conserva presión, ritmo, desgaste y dirección manual en cada trazo.
En Tierra de Encuentro, la intervención digital no busca corregir ni automatizar la imagen.
La obra se construye lentamente, capa sobre capa, desplazando el registro fotográfico hacia otro estado visual.
La fotografía híbrida me permite trabajar sobre ese límite donde dibujo, percepción y captura comienzan a integrarse en una misma superficie.
Actualmente, el trabajo de Alil se encuentra en una etapa de transformación material y espacial.
La investigación visual continúa desarrollándose a partir de safaris fotográficos que luego son tratados en pantallas y tabletas específicas en las cuales interviene con pincel digital de alta precisión, integrando procedimientos provenientes de la ilustración, el dibujo y la pintura contemporánea.
Paralelamente, comienzan a incorporarse nuevas materialidades y procesos manuales con los cuales da identidad espacial:
madera quemada, fibras textiles, lana natural, estructuras orgánicas y elementos construidos desde técnicas experimentales y ancestrales.
La obra ya no busca únicamente representar la naturaleza, sino construir estados de emocionalidad, y transformación física del espacio.
Cada pieza aparece como parte de un lenguaje en evolución donde imágen, materia, símbolo y experiencia comienzan a entrelazarse.
Mi práctica artística se desarrolla desde una relación biofílica con el territorio, la observación y los procesos de transformación presentes en la naturaleza y en la
experiencia humana.
Nací en Esquina, Corrientes, y mi formación comenzó tempranamente a través del ballet clásico, el dibujo, la cerámica y distintas disciplinas vinculadas al trabajo manual y la percepción de la forma. Más adelante, los estudios en Bellas
Artes ampliaron una búsqueda atravesada por la imagen, la materia, el tiempo y la presencia.
Con los años desarrollé una práctica centrada en la fotografía híbrida, integrando dibujo con pincel óptico de alta precisión y escritura experimental sobre registros construidos desde la convivencia con el paisaje, los animales y la cultura del litoral argentino.
Mi obra explora la tensión entre erosión y permanencia, memoria y transformación, proponiendo experiencias visuales donde lo natural
deja de ser representación para convertirse en territorio sensible.
En los últimos años incorporé nuevas dimensiones perceptivas a través de piezas audibles, textos, atmósferas e intervenciones espaciales que expanden
la experiencia contemplativa hacia formas de escucha y presencia compartida.
Tierra de Encuentro constituye uno de los principales cuerpos de esta investigación artística, articulando fotografía híbrida, percepción y territorio desde una mirada contemporánea sobre el vínculo entre naturaleza, identidad y experiencia humana.
Sin dudas TdE no es un límite sino un capítulo. Justo el punto en donde vuelvo a girar y respirar nuevo aire.

Alicia Cañete nació en un territorio áspero y fértil. Allí, donde la arena se mezclaba con lagunas ganadas a fuerza de voluntad, y los resabios de los pueblos originarios caminaban detrás de un camión municipal para dar sepultura a sus muertos. Fue su padre —hombre de justicia— quien se opuso a esa humillación y restituyó dignidad. Ese gesto fue anécdota y fue mandato: todo cuerpo merece honra. En esa casa ellos enseñaron de acto que se medía la vida acudiendo al otro, aun cuando todavía no eran ni tenían; y desde estas primeras marcas surgirían múltiples ensayos: cerámicas tempranas como aquel gato, danzas juveniles premiadas, dibujos que parecían ejercicios escolares hiperrealistas.
Pero en sus naturalezas muertas, el reloj de metal, la jarra con agua, un atril cubierto por tela ya hablaban de otra cosa. Ese reloj presagiaba la lucha contra el tiempo, la piedra contra la que tropezaría tantas veces. Esa jarra encarnaba su sed, y la tela, el destino de mostrar y esconder. Dibujaba lo que aún no sabía: su propia batalla contra lo efímero.
El arte se le abrió temprano, como un don inocente en los primeros años. Pero el cauce para sostenerlo tardó en llegar, como tantas cosas en su vida. La cámara apareció años después, cuando ya llevaba grabado en el alma aquel reloj de plata que parecía recordarle sin pausa que el tiempo se agotaba. ¿Qué es tarde y qué es temprano cuando todo ocurre en el momento justo? Entre trabajos precarios y vínculos desgastantes, el arte latía en silencio, acumulando presión hasta que se abrió lo contenido: o cortaba el círculo, o la vida misma se cortaba.
Tras años en que la vida se cerró como un puño, se rebalsaron las relaciones desgastantes y cambios de vivienda que eran destierros sucesivos. Llena de ausencia se presentó a una entrevista en el Centro Cultural Borges. La directora le preguntó —¿por qué tanto dolor en la obra de una jovencita? La pregunta quedó vibrando como un hierro frío. En aquella introspectiva, Alicia vio su obra colgada y sintió un escozor agudo: comprendió que mientras el paisaje interior no mutara, no volvería a dibujar. ¿Quién querría habitar un muro con tanta crudeza? Soltó el lápiz y se retiró en silencio.
Fue un lento proceso de desanudar el nudo mientras un manto santo cubría su voz en plena intemperie. Justo cuando los libros le representaban un gran cachivacherío pesado —literal y metafórico— perdió su biblioteca en una mudanza. Entonces pudo arrancarse de encima la voz de todos, mirar la vida sin referencias, como quien cae desde Marte y debe reconocer la tierra con ojos nuevos. Y en ese vacío se entrenó de otra manera, restaurando maderas, construyendo murales de estucos, investigando y aplicando pasta de cal.
Varios oficios humildes, aparentemente ajenos, que templaron su pulso más que cualquier carrera. Asistió animales y convirtió su fotografía al servicio de los animales, cultivó un nuevo jardín, cavó un estanque, y estos eran gestos que ya estaban en su linaje: insistir en lo vivo aún en terreno adverso; y aun así, la memoria en trazo automático seguía, mientras la nueva piel y la nueva voz aún se construían.
En 2018 viajó a Esquina, Corrientes. Quiso mostrarle su tierra a su esposo, pero la tierra le mostró algo más. En el campo áspero, en la inmensidad de la nada, la cámara se volvió instrumento y frecuencia: cada disparo era un ajuste fino, una vibración más clara, como si el mundo hablara en un idioma que finalmente aprendía a reconocer. Alicia recordó lo que estaba antes del antes, se reconoció en la trama ancestral y esa revelación fue el germen de Tierra de Encuentro.
Hoy en su obra trabaja con fotografía híbrida —dibujo y pintura, también digital —; además, suma escritos susurrados que llegan por QR, fragmentos en braille que transforman la palabra en relieve, atmósferas que se encienden con la luz en contrapicado y el gesto compartido. Cada pieza es puerta, tejido y eco. En sus inauguraciones siempre hay acontecimientos singulares: un presentador con una mirada distinta abrió la urgencia de expandir hacia lo sensorial; luces que encienden la sala como escenografía; espectadores que se detienen a escuchar en silencio. Tierra de Encuentro se desplegó como tapiz colectivo en Fundación Aguaribay, se inscribió en lo institucional en la Legislatura porteña, y regresa una y otra vez a su raíz correntina.
En su camino hubo miradas que reconocieron valor: Un Fernández (representante del Fondo Nacional de las Artes por Corrientes), sombra protectora en las primeras salas cuando aún era estudiante de Bellas Artes; una Vilches (artista latinoamericana y profesora), generosa, madre, encendiendo confianza en lo que aún era temblor; una Lugones poeta (nieta de Leopoldo Lugones), que le escribió cartas como antorchas para que su nombre entrara acompañado; una Amalita Fortabat que extendió su mano a través de una propuesta que Alicia no supo tomar.
Alicia fue pez dorado, nadando contra la corriente. Hoy encarna lo que es: un espíritu templado a cielo abierto, gaucho en su raíz, levantando el polvo de la tierra seca, al compás del río que corre… al ritmo del tiempo que enseña. En esa paz se revela con un: Somos, Alil.
Nada en el trabajo actual de Alil aparece desde una lógica ornamental.
La obra atraviesa estados materiales, afectivos y simbólicos que se transforman constantemente, integrando imagen, territorio, materia y experiencia física.
Cada proceso funciona como una investigación abierta donde el dibujo, la fotografía híbrida, la madera, la fibra textil, la quemadura y el objeto comienzan a construir un lenguaje común.
Con el tiempo, esa investigación adquirió una dimensión profundamente afectiva y corporal, donde la materia dejó de ser una decisión estética para convertirse en una necesidad simbólica y emocional.
La obra comienza entonces a pensarse como refugio, piel y transformación.
El arte como proceso vivo transforma su diálogo en cada etapa de mi existencia. Lo imaginario y lo natural la razón y la emoción son orilla y causa.El arte como proceso vivo transforma su diálogo en cada etapa de mi existencia. Lo imaginario y lo natural, la razón y la emoción son orilla y causa.
