Felipe casi no respiraba para escuchar el tamaño de los silencios, los acentos de las palabras, y veía cómo su amiga avanzaba con dificultad, renegando para recordar, como si el sabor amargo hubiese contaminado el suelo con el tiempo y la objetividad de contar una anécdota, bajo una pauta, le estuviese pesando más de la cuenta.
Describe a la perfección el abismo entre observar la naturaleza pura —capaz de moverse con una gracia inalcanzable— y la limitación del observador.
El peso de un vaso contra el pecho y el fresco de la noche abren paso a una profunda introspección. Entre el parpadeo de las luces de la calle y el pino viejo, surge la certeza de que podemos habitar más de un mundo y abrazar más de una realidad.
¿De qué materia está hecho el corazón? Un repaso por las hebras del tiempo y el tránsito de la vida, que viaja desde la paz de un perro al sol hasta la hermosa vulnerabilidad de Nora sobre el escenario.