El amor encendido

-En este caso, la tibieza, 

lo mullido de la presencia, con todas y cada una de sus arrugas,

el amor encendido, no son elementos aleatorios.

Norman los mira y en esa acción los ubica como contrapeso. 

No le cuesta. No hay desequilibrio entre lo que siente y lo que hace en las primeras horas.

Tantea su ropa en la penumbra y sale de la habitación como quien no quiere irse del todo, pero gracias al contrapeso establecido lo hace. 

Norman quiere ver con ojos propios como se levanta la bruma entre los arboles en la ventana frente a su mesa, cómo la brisa fresca sopla y apaga las velas rezagadas de afuera.

Me gusta cuando Norman está plenamente a gusto, jugando con el filo de la hoja amarilla sin renglones.

Noto cierta prisa por nombrar todo aquello antes de que se despierte el agujero del olvido.

Para el, detrás de cada lógica o acción estoy yo, incluso; en los cortos momentos en que cierra los ojos.

Y así camina,

así anda,

así escucha,

Lo incorpora a su rutina como si eso le permitiese definir lo importante.

A menudo, ahí es donde se raja la columna del instante y brota una pregunta sobre su cuaderno:

 

-¿Qué fue lo importante?

¿Las falanges de la noche y sus sucesos?

¿O el silbido que me devolvió a mi cama?

Nunca me había subido a un transporte tan especial como ese. Fue como un tubo vibrante que me sacó de allá y me puso acá, y cuando estuve acá, desde este perímetro un poco más cierto vi la invitación en el aire de: “mirá acá por favor”.

Bueno, en realidad, lo de por favor es asunto mío. Es que los buenos modales suelo ponerlos por todos lados, incluso reconozco que muchas veces me sobra el: permiso, disculpe, por favor, gracias… y sin embargo, no puedo evitarlo.

Yo te reconocí ahí como hermana, tu amigo muy delgadito te traía bastante de prepo y apoyado en el chiste te desafiaba a mostrar tu estado “original post fiesta”.

Vos te reías, protestabas entre risas.

Tarde me dí cuenta que aprendí a caminar con esas brújulas descalibradas. No te miré más allá, no supe cómo hacerlo.

Me quedé con la broma, con el juego de tu amigo al que todo le importaba un pedo.

Adentro de la casa yo estaba en algo cotidiano, sin apuro, yendo por mi espacio monacal, a mi medida.

Ustedes entraron sin aviso por la puerta izquierda de la doble hoja. El visillo blanco dejó en evidencia una situación romántica y antigua.

El flaco entró reculando. Te traía por la cintura, insisto: no puedo afirmar que a la fuerza porque en ese momento pareció que era en solfa. 

Entraste igual.

Reculando. Sonaba cortado tu “NO” entre risas.

Y algo dijo el flaco pero mi sorpresa estaba ocupada a tope con la escena y no lo escuché.

Entonces, dejaste de taparte la cara con tus manos, diste media vuelta y te quedaste de frente a mi .

Como si al NO tuyo se le hubiese soltado la rienda.

Desde la otra punta de la habitación yo miraba lo más grueso, la hipótesis, muy a grandes rasgos de una mujer que ha gozado la vida y lo reconocía con naturalidad.

Dudo que mis pies se hayan movido pero mi yo telepático de siempre me decía que tu piel sabía a leche fresca, 

tocaban la pastosidad chorreada del delineado de tus ojos, 

la delicada materia de los hilos de tu pelo.

¡Qué tremendo tu pelo!

Volviste a girarte mirando afuera.

Y me propio pensamiento: ¿cuándo fue que tu cabello lacio, entre tantas vueltas camino al origen, se transformó inequívocamente en rulo?

Eso, sin duda: eso que partía de vos pero no se quedaba en vos era lo que me puso de piedra y fuego. Un amor revolucionario que yo todavía no conocía.

Tenías poco cabello, lo supe porque el sol se colaba y yo he podido reconstruir la redondez de tu cuero.

Eran unos rulos atípicos. Iban hacia afuera, en todas direcciones, como rayos en su propio eje. Y el ritmo de esa trama tuya exponía la plenitud de tu belleza.

¿Pero qué fue eso exactamente?

Intento reconstruir ahora, repasar y ordenar los detalles para entender por qué mis sentidos estaban viendo así.

Incluso me confundí con que yo era vos.

Entonces, ¿Yo era el que sollozaba mirando los poros de la situación o yo era mi hermana?.

-Norman es un buen muchacho, positivo. Normalmente aprovecha la buena lectura de los sucesos. Por eso sacude la pluma y aprovecha los goterones para trazar garabatos.

Disfruta de ese respiro entendiendo que ahí está el alma de todo.

El tema de Norman, es cuando quiere simplificar lo simple.

Por suerte no ocurre muy a menudo.

 

– Por el color de ese sol filtrado a través de cada hebra de tu pelo, digo que era final de invierno.

Más blanco que amarillo.

Esa vez, mi atención no se fue tras el circo de las sombras como otras veces.Lo evidente estaba ahí, se trataba de vos y yo. O yo y mi emoción de rodillas ante una verdad irrefutable y magnífica.

Lo más loco es que vos ya no jugabas, ahora estabas de pie. Ya no te mirabas en los ojos de nadie.

Te dejabas observar sin ninguna incomodidad.

Serenamente.

Y ahí, en tu liberación fue cuando mi emoción venció toda contención, rodó y saltó al mismo tiempo. 

Vibró mi: ¡Ohhhh! digno de moje. No se cuanto duró pero fue largo, y de lo largo fue naciendo un grito y del grito el zumbido. 

Mi propio timbre de voz convertido en vehículo, un zumbido de suave a más intenso que empezó a trazar un recorrido.

Y atendiéndolo, yo mismo me fundí en esa ruta que terminó en un tramo seco y sordo de este lado.

Abrí los ojos de golpe reconociendo mi voz transformada en una velocidad imposible de medir.

Y no desperté por los sonidos de la noche paciente de zona norte en Buenos Aires, sino por eso a través del cual vine.

 

-Yo arropé a Norman acurrucado de costado, mientras el terminaba de redibujar esa escena que todavía latía muy cálida. Poco a poco se convertía en marea en retirada. Con buenos modales.

Qué lindo es conocer la buena intención de Norman. Y mientras ahora su pie izquierdo se enfría, descalzo sobre el piso. 

El lo siente, pero gana su personaje naif que generalmente escribe porque quiere ver volando a sus sueños, 

con la naturaleza de sus colores, 

y que caigan por su peso las respuestas delante de sus narices.