La curva

Saboreo la belleza de la curva, en todos los sucesos, los intrascendentes y los de peso.

Me interesa especialmente su talento para poner a un lado a mi mente y al otro lado a mi ser. El tema es el tramo entre esos extremos, porque por ejemplo, existe mi vida entre el lunes pasado y este viernes. Existe el paso entre la bruma y la escarcha apelmazada mientras yo dormía y ahora yo suelto la vista en la ventana para que se pierda ante esa evidencia.

¿Quién más tiene esa virtud de exponer tensiones entre dos lados?

Y en esos menesteres simplones de mirar esta mañana, la palabra pelea fue el ring que interfirió.

El ring que trajo los recuerdos en catarata, sin parar.

No supe por qué razón yo había vuelto ahí.

Era la tierra paterna en conflicto, un drama que había sido plantado antes de nuestro nacimiento incluso.

Lo sabía y lo había esquivado magistralmente, y sin embargo, me paré con todo el cuerpo en esa parcela y fue un alivio no sentir el dolor de mi hermano.

Olía a aire pelado nomás y un dejo impreciso de amplitud y prolijidad recortada.

Saltó el contraste delante de mis ojos cuando me topé con toda esa agua fresca y clara.

¿Cuál sería el sentido o la función si no había nadie allí?

Sin embargo, entre todo el plano verde esa enorme pileta de fibra de vidrio azul le daba un acting noventoso, familiar.

Y del conteo de sorpresas no sabría cuál era más grande, ¿haberla descubierto, o la ausencia de la catinga entre los pelos de mi nariz?

Lo importante era qué iba a hacer yo con eso.

Y esto sí que es gracioso, porque obviamente yo había decidido que mis peces tendrían nueva casa. No sé si los imaginaba o los veía allí coleteando de punta a punta. Me llenaba la irrefutable felicidad del buen uso de las cosas, de la realidad bien pintada.

Cruzó el recuerdo de aquella mujer que me decía que todo era obra del destino y sin embargo, para mí era obra de la curva y gracias a que acomoda amablemente los sucesos y los colores yo tengo la posibilidad de observarlos mientras ando.

Y en el paso siguiente ya estaba envuelta en la conversación de la habitación.

Estábamos disfrutando de las últimas voces, con el volumen bajo, previo a quedarnos dormidos.

La poquísima luz silueteaba todo, apenas, en segundo plano. Lo suficiente para afirmar que yo estaba en la cama tendida de tono claro. 

El rostro de mi hermana, La Buda, estaba delante de una pared a contraluz de alguna ventana discreta. La voz de mi sobrino, el sacerdote, subía mansa y tibia, como es él. Como es la noche de primavera en Corrientes.

Y de esas voces me enteré que ellos siempre habían rezado.

Qué lindo es ver toda una vida dibujada en pocos trazos, justamente, con las curvas limpias que manifiestan la esencia de las personas. Sin justificaciones.

Me desperté con eso en los oídos y simplemente lo acepté. Cómodamente acurrucada de costado con los ojos del alma abiertos volví a entrar.

Caminé en el inmenso palacete. Despilfarrando entusiasmo y optimismo… ¡como de costumbre!

Y resulta que toda esa grandeza no me confundía. Yo sabía que iba al encuentro de mis amigos y era por eso que recorría ese elogio de la arquitectura, en donde el arte y la maestría interior, la luz cruzada en el hall de tránsito, el lujo de reflejos en los mármoles del piso, las puertas de doble hoja y techos altos.

¡Qué esplendor!

Cómo me gusta cuando el espacio de un lugar te devuelve así el espacio, sin condicionamientos. Y uno anda tranquilo sin que se le trabe la cadera con un adorno o con un mañoso recoveco.

Cuando doblé a la derecha para entrar yo ya sabía que estaban ahí, así que entré bailando. Giraba y soltaba mi cintura desplazándome por los anchísimos peldaños, o más bien, desniveles que ascendían.

Yo los subía bailando, haciendo una pantomima tosca.

Yo era el ritmo de un río que saltaba y corcoveaba intuitivamente sin miedo de caerse de su cauce.

El trayecto era claramente envolvente, abrazaba cierto vacío a un lado y se apoyaba en una pared de contención del otro lado.

Y como mi cuerpo se movía sin peligro, saludé a la que encontré en el primer tramo y continué con mi gracia.

Más allá, saludé a la otra.

Vi que trabajaban tomando fotos y para mí, verlas así, era natural, así que no me asombré ni me detuve.

Pero ante la última sí, ¡vaya!

Ahí se detuvo el chiste, por evitar interrumpirla no la saludé.

Me quedé viéndola cómo protestaba acomodando su tocado,

y quedó el interrogante desnudo:

¿Por qué el aire,

el mundo,

el tiempo,

todo pierde frente a lo observado?

Juro que podía observar y ser sus manos al mismo tiempo. 

Manipulaba un tocado de hojas azules, panzonas, con nervaduras marcadas que terminaban en punta. Se encastraban firmemente en alambres, y por esa bendita intención de perfección, los retorcía, buscaba la multiplicidad de planos.

La mejor vista desde acá y desde acá.

Y yo me rendía ante el porfiado perfil del esteta, porque sé perfectamente que nunca se está seguro. Posiblemente exista un último toque.

Admito que esas hojas azules, reacomodadas, le daban al tocado una mística cubista fascinante.

¡Qué locura!

El súmmum, el mayor potencial de toda esa curva, fue cuando una le pasó su lente a la otra; recién ahí me di cuenta de la totalidad de la cosa. Entre las dos primeras intercambiaron sus lentes y acoplaron una instantánea híbrida en crudo.

El bokeh en la lente de una, con la luz cerrada adentro de la lente de la otra, lograron una perspectiva única de la modelo y su tocado.

Estuve ahí sin hacer ni decir nada un buen rato. En medio de ese círculo amable de amistades, que me enseñaban.