El partido
Norman saborea esa puesta en la escena tan intensa; se pone el auricular y enfoca, usa las vibraciones para sobrevolar el área porque intuye que algo le impactó.
Sabe que está en su cama. Escucha la lluvia.
Sabe que su cuerpo ha descansado como un roble en la siesta pampeana y, sin embargo, registra el cansancio en todas sus fibras.
Esta seguro de que la lluvia leve no puede lavar la noche mientras entra el día ni las imágenes de su andanza.
Justamente, usa la música para descubrirlo y yo no puedo no abrazarlo a él y a su ego tan artista en esos momentos.
Doy fe que suele tomar riesgos grandes en pos de crear cualquier cosa que le huela a verdad. La busca a través de temperatura, textura, peso o color. Es como un juego de tirar el hilo para ver la sortija y no le desanima lo difícil. Su confianza siempre es aplastante, así que no me extraña que haya tomado una vibración para mandarse a mudar a los suburbios de su mente.
El ingreso
Entró a esa especie de terminal y se le antojó que era Rosario, Buenos Aires.
La típica enormidad de los pasillos y recámaras se abría hacia adelante. La luz predominante era la natural. Él avanzaba por ese equilibrado claroscuro tenue y templado que marcaba una altura importante.
Ni lo nuevo ni lo desmesurado asustan a Norman; en realidad, desde que lo conozco, pocas, pocas cosas intimidan su animus.
Y cuando pasó por una sala, miró esa reunión raudamente, desde afuera. Como no le gustan las reuniones, siguió;
o tal vez porque buscaba algo en concreto, o quizás porque se dio cuenta que era una reunión histórica. Y esto último le hizo considerar que había saltado mal, había bajado en una estación de tiempo incorrecto.
Descubría todas esas rectas y curvas arquitectónicas sin apuro, hasta que se encontró delante de un patio central, en donde se abrían muchos otros pasillos que, a su vez, abrían otras alas.
¿Qué creen ustedes? ¿Dudó?
Ni un ápice. Fue por el camino que orillaba a su izquierda.
Sentía el taconeo de peso seguro, bien puesto. Y qué lindo era ver que la luz del ambiente le tocaba apenas su costado derecho, dibujaba su perfil en alto, meneándose de lado al lado, escaneando todas esas posibilidades que nunca había visto.
Ni obnubilado, ni embalado, ni frenado.
IBA. Sólo eso, sabiendo que no era el lugar ni el tiempo adecuado, pero ya que había errado, lo recorría.
Fue entonces que se hizo la magia con sentido, y es que cuando Norman acepta, sucede el «ábrete sésamo» que yo también celebro.
Sobre la pared derecha de ese pasillo salía un resplandor tremendo; no enceguecía, sino que invitaba a entrar de una forma magnética.
Era obvio que al curioso de América no le hace falta tanto, jamás.
¿Y qué creen?
Exacto, cuando estuvo en el vano de la puerta sin puerta, lo primero que vio fue la propia inmensidad fragmentada en colores.
Ahí sí que sostuve firmemente el azorado corazón de Norman. Y no era para menos: cualquiera se saldría de sus cabales ante ese paraíso.
Desde el vano se abría todo un campus techado, apenas a un par de niveles abajo de sus pies. El impacto no fue tanto el lugar, sino la situación:
¡Qué partido!
El partido de santos y devotos
Todos ellos, las figuras colosales de todos los vitrales del lugar, disputaban un partido de fútbol.
Doy fe que Norman estaba ahí viéndolos correr. Las figuras planas de todos los santos y devotos, espectacularmente gigantes, hacían las figuras más complejas tras la pelota y sin romperse.
Conservaban hasta el ínfimo detalle lo que en algún momento unas manos magistrales recortaron y soldaron para crearlos.
Había descubierto sin querer el lugar en donde lo sagrado se divertía.
Entonces, el rojo yendo como flecha por delante del amarillo descomponían un tono de violeta singular.
Pero el violeta atravesado por el verde, y el verde pegado al azul… Y todo tenía que ver con todo: la inclinación e incidencia, la velocidad, el grosor o espesor del vidrio, es decir, la intensidad de la figura; todos estos factores fragmentaban o descomponían la luz de una forma amplificada que los sentidos de Norman no podían explicar, pero sí que los podía abarcar.
Conscientemente podía sentir la magnitud de la belleza, la magnitud del agradecimiento, lo inconmensurable del amor.
La única nota que quedó descolgada fue la que vio a la derecha y un poco afuera del cuadro.
Él sintió que el contraste tan marcado se debía a que uno era como el propio Big Bang en expansión lenta y ese punto ahora en su mira era el agujero negro de todo aquello.
Enfocó y vio a un chiquillo, varoncito de unos seis años. Estaba en una camilla. Aquello instintivamente le repelió. El chiquillo pataleaba y gritaba mientras unas entidades, posiblemente evaluadores clínicos o vaya a saber qué, intentaban sostenerlo en la camilla. Esa situación que ocurría con una fidelidad enorme en todos sus bordes y rugosidades, pero en blanco y negro, instintivamente no le gustó.
…Le recordó a una edición en clave baja Fine Art.
Norman recordó que antes, cuando el dolor y el drama germinaron en la mente, él se asfixió. Y quizás por esto miró todo aquello tan partido. Incluso él quedó en ese instante un poco partido.
La salida
Siguió su marcha. No importa cómo, pero estuvo afuera pronto.
Mientras se alejaba, se daba vuelta de tanto en tanto para mirar el parque digno de campiña palaciega que estaba dejando atrás.
Repasaba los gestos de los caballos pastando por el frente de la fachada y aceptaba esa nueva hermosura de paso.
Luego sucedieron más cosas, menudencias tiernas en comparación con lo que había dejado atrás.
La vista de Norman ahora se pausa sobre su propio trazo.
Observa cómo se deforma su letra con su mano cansada sobre el final del texto.
Moja varias veces su pluma y observa cómo se apaga el brillo sobre el metal a medida que se seca.
Levanta de a ratos la vista de su cuaderno y ve que existe el movimiento de las hojitas mínimas de este octubre fresco,
el canto de los gansos de su vecino, el final de la lluvia,
los pájaros mojados comiendo lo que camina en la superficie del pasto.
Existe porque el Norman artista le da espacio.