La impermanencia del enojo
-No lo merezco
-¿Merecer? ¿Pero quién dijo inmerecido?
-yo, bueno, tal vez, mi enojo.
Y así van de lado al lado un rato scroll, un rato plancha.
Casi parecía que había a amainado el invierno y los dos disfrutaban el rato de jardín en la casa.
Pero ni todo el sol redondo como palangana de bronce caliente sobre él lograba hacerlo entrar en calor tras esa situación de furia.
Ella sabía que Norman no creía y fue directa:
– ¿Le creíste alguna vez?
No solo a ella sino a los demás, a mi, a la vida misma.
A Norman sacar su voz escondida le costaba.
Solo tenía en claro que su carne estaba fría.
Las hojas del olivo estaban frías.
Sentía el agua, la arena, el aire, fríos.
Con un, -Yo creo que sí, cerró el tema. Fue a la orilla. Salió pesado pero con ganas. Se paró en el borde firme y aunque suene a metáfora, fue literal. Y se quedó así, abrazándose mientras su amiga seguía chapoteando sonoramente.
Y ese abrazo estoy segura que no estaba desteñido, porque en su actitud había interés, en su permanencia abrazado había bastante de ese porte de entusiasmo que conozco muy bien.
En ese momento Norman siguió con la vista una hipnótica gota que caminaba por afuera de su pecho. Y veía como en ese caminar la gota mutaba de cuerpo, brillo y peso, y fue imposible no compararse con ella.
Norman no pestañea cuando mira de esa forma.
Y es bastante común que a los otros Norman les resulte raro.
Pero yo que conozco a Norman, me río porque simplemente ahora que la gota vive, mientras la observa, sabe que la torcaza es quien agita la rama terminando de acomodar su nido. Reconoce el canto escandaloso del benteveo detrás de él y las calandrias de la chimenea.
Corre el agua a centímetros de sus pies y los autos en la carretera lejana, pero ninguno de esos cruces tampoco interrumpen la sutil, muy sutil vibración de su existencia en el fondo de sus oídos.
La brisa mece äsperamente todo, incluso a la Akebia quinata de la pérgola y a lo poquito en pie de su enojo.
Y gracias a esa gota que rodaba dejando el surco de calor sobre su carne se quedó con todo eso. Dijo con la voz bajita pero firme ser merecedor de todo ese inmenso placer .
Su amiga se rió con la moderación de quien ya conoce y no se sorprende, no había pasado mucho rato. Rió y pregunto: ¿Y ahora quien dijo merecedor?