La medida de la presencia

La conversación empolvada

Norman acostumbra a usar el tiempo, y eso me encanta.

Norman vive. anda. siente.

Precisamente veo cómo crece su incomodidad por encima de su pragmatismo, con el sabor a encierro cuando entra en conflicto con sus buenos modales adentro de una conversación empolvada con el matiz del examen.

Admito que me alegra cuando finalmente él es fiel… a él.

Y este fue uno de esos actos puros.

Es que la marchante lo lleva de un lado a otro con los comentarios que terminan en una pregunta. Norman sabe que está siendo puesto a prueba, mira al ego de la marchante como a un pájaro en exótica danza de apareamiento. Lo reconoce en cada: tengo un Magrit, bla, bla, bla. Y eso para Norman empieza a sonar como un oleaje que va y viene sin más. Y termina golpeando en la costa de una pregunta: ¿Lo conoces?

Muero de risa ante el mugido empujado por dirección automática de Norman.

Algunos nombres le suenan, algunos los conoce e incluso los tiene en colección privada, y otros ni remotamente.

Pero lejos de aclarar, sólo muge por aburrimiento.

Entonces, la marchante doblega tal vez porque quiere lograr una conversación encumbrada.

Norman ahí, parado, muy cerca de ser una estatua de cera en una intemperie caliente, despojada de la sombra de algún follaje, dentro de la amplitud del paisaje en donde sólo están ellos dos.

Hasta que al fin salió la voz de Norman, desvestida como mote limpio, y cerró la cremallera al vestido.

“Yo sólo quiero mirar lo de ahora. No me interesa lo anterior ni lo que va a venir.”

Norman, a veces, se retira lo suficiente para que yo no lo vea, y me parece bueno que lo crea.

Este en uno de esos actos ejemplares.

La medida de la presencia:

La conversación se abrió y ví como Norman tomó nota, luego se alejó, cruzó a otros.

Preguntó dos veces algo a alguien que se presentó como fotógrafo y apuntó el dato con un lápiz en un cuaderno, letra por letra, en mayúscula grande y lenta.

Después conversó efímeramente, al paso, y entró a la zona del muelle.

¡Cómo disfruta de caminar solo! 

Sin embargo, lo conozco tanto que puedo ver que hay algo pendiente acorralado en él.

Podría decirse que es una escena común;

un ser que camina en el medio de lo que se presume su tiempo completo, 

camina eligiendo las calles, 

camina en el muelle, 

a la par de un río manso que no quiere estorbarle con ruido, 

lo entiende, 

lo acompaña en el trayecto. Y además lo rodea y abraza con el artilugio de una luz ambiental tibia y liviana.

Norman lo ve, contempla eso mientras avanza.

Siente el verde elástico de la grama que el tiempo fue extendiendo entre el pedregullo oscuro.

Saluda a las plantas altas desperdigadas. Y siempre se sorprende con ojos de niño ante el balanceo de aquello que recorre enormes verticalidades.

Tiene lo justo y necesario para convertir ese paisaje atractivo y moderado en una postal amigable de su vida.

De tanto en tanto mira la vía.

El transita por el sendero entre el río y las vías, una parcela amplia con aspecto de paseo fresco.

Escucha el tren y se da vuelta instintivamente; le encanta el zoom de las cosas.

Él olor que se agudiza,

el sonido que se agranda,

la imagen que se revela en sus detalles con la trama del centro, el borde, la textura de cualquier tema.

Vaya sorpresa cuando el tren aminora la marcha y finalmente se detiene frente a él.

Sé que Norman piensa: ¿cuál es la causa para que un tren se detenga por mi presencia?

Y para mí es tan obvia la respuesta que no sé cómo darle peso a su pregunta.

Sin estación a la vista, desde el tren parado sólo por él, lo saludan, incluso el fotógrafo que había venido disparando las mismas maravillas.

Norman entiende de una la intención de intercambiar las experiencias del viaje.

Sé que cualquier reflexión justo ahora sobra, pero como no es pecado, no quiero privarme: ¡qué preciosa es la Esmeralda cuando un rayo de luz la atraviesa y esto se le parece mucho!

El animus de Norman encerrado:

Hasta que Norman giró sobre sus talones, quizás por su proximidad con el agua o por su atención radical de 360°, Norman vio primero.

Es tremenda la densidad del eje individual en donde la mirada es tan pero tan atómica,

indivisible,

¡Intransferible!

El globo ocular de Norman quedó al filo del párpado queriendo subir a tope para abarcar la escena.

Los pinchos de su pelo corto rascaban los pliegues mordidos del cuero. Su cuello se estiraba jalando la quijada para nombrar con el gesto ese máximo asombro ante la jaula.

Una jaula descomunal y un hombre gigante, de espaldas a la costa, era descendido muy lentamente.

Norman no vio la grúa.

El gigante no vio a Norman ni al tren.

¿Importa la magnitud del sinsentido?

Bueno, decididamente lo que importa es que ver es una cuestión de sintonía, no de dimensiones.

El gigante estaba de pie con sus piecitos descalzos, agarrado a los barrotes con las manos percudidas.

Norman se apiadó hasta las lágrimas de toda esa musculatura desmesurada que hablaba de una postura absolutamente vulnerable.

Un increíble Hulk conmovedor.

A medida que descendía no había zoom, sino por el contrario, se empequeñecía. Mas y más.

En este punto en que se redujo casi a tamaño estándar, ya a pocos metros del agua, se movió dentro de la jaula, giró, se vieron mutuamente con toda esa distancia y desconcierto inmodificables.

Vi cómo el fotógrafo y los otros empezaron a tomar algunas fotos, pero Norman había dado tanto espacio al espacio entre el visitante y él que no se dio cuenta.

Conociendo a Norman, sé que esto le estaba costando demasiado.

La jaula finalmente se depositó junto a las otras; eran muchas, de hecho no las quiso contar. Una hilera flotaba sobre el agua, la segunda hilera se acomodaba encima.

Todas iguales. Una persona por jaula. Idénticas.

Abracé a Norman pero él no lo sintió.

No evité que el Norman artista, apagara la luz de esa escena.

Y el agua, sin la luz, era una seda viscosa menos adorable.

Las nubes se apiñaban como una lluvia de aljabas de plomo,

igual de pesadas como su aliento.