Sobre las rarezas

Empiezo a cachar esta lógica de sucesos, y yo creía antes, que la fuerza de lo que soy me empujaba aleatoriamente, pero no, apenas faltaba entrenamiento del timonel. 

Pero vaya! Ningún aleatoriamente!

– ¿La prueba?

– La prueba es que te vi anoche. ¿Acaso dudamos que más tarde o temprano te reconocería?

Ahora que cierro los ojos y repaso, sos inconfundible más allá de tu pelo o los pliegues de tu vestido.

Antes de eso, yo me divertía con la rareza de esos baños en la Clínica, qué sitio tan inmaculado! Qué lujo cada pasillo, bueno, o cada paso porque no deambulaba, iba por el camino directo y breve guiando a alguien que necesitaba un baño. Vaya a saber si con tantos reflejos de esa pulcritud pero me confundí. Me confundí?

A ver, repasemos con mi lápiz:

– abrí la puerta que conducía pero mi certeza no alcanzó porque no era un baño sino un paso, pequeño, iluminado. Como un ante baño en donde nadie se sentaría ni se detendría. Sin dudarlo jale también el picaporte de la segunda puerta. No pude ver a qué sitio me devolvió, de todos modos tampoco me di tiempo.

Lo interesante fue la duda que me hizo volver, porqué en esa acción de constatar perdí a mi guiado y yo misma no volví al punto de partida. El zaguán de paso lucía diferente.

Entonces, la segunda puerta que fue antes la primera, me recordó a esos fabulosos cuentos de los viajeros del tiempo. 

“Abrazar lo nuevo” leí tantas veces y me pareció re trillado, pero ahora me pregunto: ¿Acaso tiene límite mi interés?

Decir hola, 

Decir chau, me resultan igualmente interesantes.

Por ejemplo: ver a ese muchacho y la pasión en sus ojos negros, morrudo hasta en los dedos y en la forma de tomar la Flor..

Ya lo creo,

¡Ya lo creo!

La intención le salió chingada porque la chica que estaba a mi lado la tomó.

¡Qué revoloteo de gente! ¿Qué estaríamos celebrando?

Era hermosa esa romería así a cielo abierto, con tanta calidez humana en sintonía. Los de la primera fila estábamos sentados en gradas. 

¿Cómo podía fastidiarme algo? De ninguna manera, ni siquiera con esa tonta confusión que de hecho fue graciosa. 

El muchacho insistió y volvió con una FLOR, expresamente para mí, con plena dirección y una sonrisa confirmativa forjada de lado a lado.

Tomé conciencia del halago.

Del sentido.

De la elección. Y viendo eso con otros ojos tuve una rápida impresión de qué tocaba la parte más carnal e imparcial que ya no se adaptaba al molde con lo aprendido sobre el amor. 

Bueno, igual eso es harina de otro costal.

Sí que fue una noche maravillosa y de hecho vos pusiste la porción de lógica en ella.

Yo venía de mucho, un camino pleno que ya pedía regreso así que caminé por la vereda. Primero reconocí mi camioneta, la luz generosa me echó una mano y confirmó nueva concatenación de rarezas.

¿Será que cuando uno se habitúa a ellas el mundo indefectiblemente se parece al de Alicia?

Me detuve ahí, firme, en la baldosa, mirándome a mí misma sentada en el volante.

Las dos cosas fueron iguales en densidad, espesor y anchura. Yo, de pie en la acera bajo las estrellas amables y yo sentada en el interior de mi vehículo cantando. La única duda fue el canto, porque sabemos que yo no canto. Bueno, quizás no estaba cantando sino que hablaba felizmente con mi tonada más marcada, como cuando una emoción me atraviesa y activa el compás correntino.

Me vi sentada en el volante como quien espera a alguien y aprovecha el tiempo para hacer esa llamada, que al final te hace perder la noción de todo y la mano contra la ventanilla gesticulando con el celular lo firman.

Todo vale, o al menos esto vale, ¡Tanto! Que te cambia el día,

el rumbo,

el ánimo.

Ambas fuimos pacientes en ese cruce, vos en tu feliz aparcado, y yo, en el puro instante de verte.

¡Qué ternura la perfección de tus carcajadas rústicas del otro lado del vidrio!

¡Qué belleza el desorden de tus rulos con arquitectura propia!

¿Para que apurarnos?

Pensaba en eso cuando llegó esa comitiva cansada, no sé por qué tenían pinta de médicos después de una jornada ardua. Pasé rápido la vista por sus ambos claros mientras ellos conversaban, porque lo importante era irme. 

Y ya lo decía antes: una concatenación de rarezas porque también ahí estabas vos, tal cual, muchos años antes. Con esa timidez de un brote verde, tal vez fue el rasgo más delator, bueno, y la simpleza.

No te recordaba tan delgada, es que todo te queda pintado incluso el cabello lacio.

Noche de sorpresas: ¡Vaya! Sorpresa, también verte caminar conmigo para que te llevara.

Abrí la puerta para que te sentaras pero tuve que retirar las ramas primero, -es que tampoco suelto el hábito de levantar lo que puede servir para crear, para hacer obra-. 

Es inevitable no detenerse en los detalles porque cada uno tenía sentido y tamaño. Yo intuía que más adelante compaginaría una música interesante.

Tras ese corto viajecito en coche y unos pocos metros a pie yo ansiaba mostrarme mi última obra, mi gran proeza guardada en mi casa y taller.

Entonces, se desamarró sola la última rareza;

Yo no cabía en la sorpresa desmesurada de lo acontecido, ¿Cómo pudo suceder si no fue tanto lo que pasó desde que me fui?

Nuestras nucas hacían pliegue y chocaban con el cuello con tal de abarcar esa transformación descomunal. 

Desde la base se iba abriendo una curva robusta, desmedida. Mirábamos con los ojos, la cabeza, el pensamiento y la piel a ese velero leudado por una circunstancia desconocida.

Algún rayón de lucidez se cruzó y moduló: 

¡Sencillamente esto es descomunal, ni un santo podrá sacarlo de acá!

¡La puerta!

La puerta se veía como un juguete mínimo al lado. Es que no estaba contemplado que el barco leudara.

Ahí todo devino en una sola exclamación:

No podremos zarpar!

Por suerte, nuestros ojos no tuvieron tiempo para tanto juicio. 

¡Por suerte!

Y ante el imposible anclado acudieron dos santos echando chapa amorosamente y en un santiamén lo cargaron ¡A mano, brazo y paso!

Nosotras íbamos lento atrás. Respirando la solución.

¿Quién los llamó? Qué buenos muchachos me decía para mi adentro.

Mientras trago la dulce certeza:

la fuerza de lo que soy no me empuja aleatoriamente.

Ningún aleatoriamente!