Frecuencias de paso
El sonido como cordón umbilical
Ambas expresiones me la sé de memoria.
Las conozco desde que existo gracias al artista que las grabó al aguafuerte.
Y aunque mi alma se fuera de mi cuerpo por un rato ella seguiría diciendo ¡conozco eso!
Amo ese grito por su versatilidad camaleónica, es el grito de gloria, de valor y aliento.
Tantea la distancia en la oscuridad o la guerra entre los otros de la manada.
Esa expresión del hombre correntino anterior al progreso muestra el dolor ingrávido y la alegría.
Y es que el hombre de mi cultura está lleno de eso.
Y vaya que no es algo que se pueda actuar o impostar fácilmente porque su combustible de arranque es la emoción profunda.
Como un rayo que nace en el centro, cruza la entraña, repica en el plexo y en toda la caja y entonces sale sin escalas abriendo todas las puertas, las que ves y las que no. Y entonces todos estamos juntos.
Por eso mi espíritu puede estar enfrascado en cualquier tema pero no duda cuando siente la vibración del sapucay.
Con el ronroneo me pasa lo mismo.
¡Es que podría decir tanto del ronroneo del gato!
Bueno, del gato en general pero acá el tema eran esas dos frecuencias atávicas estampadas en algún rulo de mi ADN.
A esta altura del partido, me resulta gracioso que mi intención de esta mañana había sido escribir sobre el viaje de anoche.
Pero así es mi atención nunca pude atarla, así que me hice amiga y me limito a observarla. Tengo un trato pacífico incluso muchas veces me divierte lo difícil que puede ser seguirle el paso.
El único problema, bueno, la tranca frente a mi tintero, es que ganó la hora de la mañana y Oscar está a punto de llegar.
Las tareas del jardín y del día ya preguntan por mí así que me desafío a soltar el rollo en modo flash por la pura curiosidad, porque escribirlo es la llave que me permite verlo todo de nuevo.
El instinto y la arquitectura
El mayor contraste sin duda fue el cristal del rascacielos, un vivo reflejo del futuro.
Mi amiga a su vez era un espejo de mi propia juventud y venía a mi encuentro. Caminamos ese tramo citadino con la alegría del encuentro. Ella me mostró el acceso. La espera ahí tenía dos gatos despeluchados por su propia libertad pero con sobrado aire de reyes.
Reconozco que la noticia de qué ese lugar era clave, me sorprendió, porque yo ya conocía ese edificio. Era de mi antiguo barrio.
Los 2 reyes polvorientos haciendo alarde de su título pasaron primero, por entre nuestros pies.
Ay! ¡Qué difícil es no extenderse justo con los gatos!
La voz de mi amiga era un eco pesado deambulando sola en ese hall porque obviamente yo no podía prestarle oído. Pensé: con razón uno nunca sabe exactamente de dónde viene un gato.
Y el remilgado estilo futurista era el contraste perfecto para que yo dibujara su postura, su estructura, la actitud de sus mostachos y hasta la intención de su cola.
De hecho, supe antes que cualquiera qué uno de ellos vendría con nosotras en el ascensor, así sin drama, lo más orondo, como es el gato.
En el piso no hubo grandes cosas más que chequeos médicos, averiguaciones rutinarias, y yo andaba por allí, acompañando, viendo.
Mi gran tema, es cuando mi atención se toma el palo, ya lo decía, porque en un santiamén me encontré en una sala distinta, di el paso que te pone del otro lado del cuadro.
La estética de la lluvia
Y la única razón de pretender mirar esto de nuevo es que no entendí cuál era el sentido de la lluvia, la cama blanca a la intemperie, mojándose como tu vestido claro y tu pelo.
Un pelo profundamente negro, pero no de luto. De ondas largas. Lleno de peso y carácter grueso. La lluvia chorreaba todos los bordes sin embargo no borraba esa posibilidad de que estabas allí, con los nervios propios de un estreno. Tu ayudante con todo el amor puesto en su rol, te asistía, te recordaba que no te apures.
Como era de esperarse te apresuraste igual por el público que había en tu cabeza. Saliste del edificio a la terraza, vibrando la tensión de una antesala.
No alcancé a ver los límites de aquello, ni siquiera podría afirmar que lo tenía, lo que si había era una claridad vasta, de cielo abierto, sin mapa.
Y al fin y al cabo esa lluvia finita del lado al lado, era el agua bautismal que no amansaba a la fiera.
Y entonces, quisiste cambiarte las botas. Recién ahí vi las cañas de tus botas como las antiguas fajas blancas que cubrían tibia y peroné.
¿Justo ahí?
Qué ridícula suelen ser las dudas, siempre demoradas, interrumpiendo inoportunas a la certeza.
Mientras te quitabas la bota con la dificultad consecuente de la lluvia, veías tu cama mojada. La miraste con cierto desapego y preguntaste: ¿servirá?
La respuesta pudo haber venido de cualquier parte, pero por mi adicción a la lógica de las cosas, se la atribuyo al joven: tranquila, va a estar todo bien.
Y así quedé, observando tu vestido largo,
tu pelo largo ,
las gotas finas y largas.
Mientras abro la tapa del termo y suelto este extravagario con olor intenso.