Mientras tanto

Hoy, en mi primer rato despierta, no tengo ganas de texto, prefiero contexto. Presenciar profundamente el peso físico de mi existencia y lo que sucede en el mientras tanto.

Es sábado y ha llovido. Estoy sola en casa. Reconozco con amabilidad mi pulso al sostener el vaso de agua y sigo atentamente cómo se enfría la piel de mi muñeca que lo abraza. Resuena mi ritmo y lo que siempre me sorprende es la dualidad del centro que hay en mí; si no lo atiendo es cerrado pero cuando lo atiendo es infinito y fuerza un vaivén sin bordes.

Mientras cargo el termo, repaso lo frío, lo duro, lo áspero y lo suave de las superficies. En contrapunto, mi vista agradece lo que la lluvia dejó pintado.

Tanto, a cada paso.

Y es que esto me encanta, particularmente, porque mi mirada no queda hambrienta. 

Recorre la imparcialidad absoluta de las rosas, la precisión de las lavandas, la competencia entre los verdes del cerco. Incluso no recordaba de haber sembrado esa orquídea, y ahora el rosa exultante que nace en su centro me reclama ser tratado excepcionalmente.

Saludo, saludo a todo eso.

También a Mimi y mimo que vienen a poner sus bigotes a la vista. Mimi, por el contrario de mimo es desenfadada, y cuando me ve, se para apoyando las almohadillas de sus patas delanteras en el vidrio de la puerta. 

Y mis perros, ambos tienen la pesadez del soñante que elige serlo, y entonces yo no hago ruido para que todo siga sucediendo y mientras lo disfruto.

Y entre todo lo que me fascina, bueno, entre la vastedad de los sucesos que me fascinan, está el amargor caliente y espumoso de mi mate, que hoy huele a flores de madreselva y anís estrellado. 

Y me doy cuenta de todo lo que sucede mientras existo así. 

Por ejemplo, el mesón de quebracho del jardín está encendidamente colorado, mil veces más que antes de ayer. Y las suculentas plantadas en él relucen orgullosamente sus grises y azules, no suelen estar así, hinchadas de presencia como hoy, después de que han bebido. Y detrás, la hilera de photinias en floración plena se parece a una cortina de encaje a bolillos hecha por alguna abuela ancestral.

Mientras tanto que agradezco todo esto voy a saludar a los peces y también digo, ¡amén! 

Mi sonrisa se suelta ante tanta espectacularidad.

El agua del estanque parece que no quiere ser menos que el resto y entonces me cruza de refilón la idea que esto sucede solo ahora y para mí. 

El agua hace un magistral juego de espejos, tiene un brillo particularmente cálido y está ligera. Muy ligera. 

Y quizás es eso lo que me desconcierta, porque es una mañana fría de octubre, y el ritmo, que siempre es proporcional a la temperatura hoy se ríe de toda regla, se saltea toda ley.

Y yo dejo que suceda. Mientras, lo disfruto.

¿Los peces me reconocen o reconocen mi pelo suelto? 

Como todo saludo es mutuo me quedo allí, mirándolos. 

Me siento en el filo del estanque y apoyo la palma de la mano en el cristal frío del agua y dejo que me hagan cosquillas por un rato.

Camino de regreso al interior tratando de no romper la buena voluntad del musgo, mientras soy consciente que no es solo ese verde lo que vibra, también en mis oídos zumba la vibración de mi realidad tangible. No se trata de descompensación, sino de necesidad de sintonizar, y lo disfruto.

Cruzan los pájaros en el cielo de Pilar. 

Soy consciente de ello; 

y del canto de la brisa que abraza al cuerpo de todos mis años, 

el mismo cuerpo que se sienta en el escritorio, 

sirve otro mate, 

desliza la lapicera.

¡Tanto! mientras tanto…

 

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