De pájaros y plumitas azules
Todo empieza con una decisión de no entrar y termina con una imposibilidad de seguir de largo.
Soñé que caminaba por una vereda, acompañada por Robert, pero por alguna razón, quizás el espacio, alguna diferencia o sencillamente como en la vida de ojos abiertos hay un tramo compartido y de pronto la conciencia toma su propio ritmo… tomé distancia por delante, a mi izquierda vi una puerta abierta, con una generosidad imparcial, la fachada de refilón me pareció sólida y prolija.
… había gente reunida adentro, no hubo invitación literal pero la suposición en el aire decía que yo debía quedarme en esa reunión amena y familiar.
Mi tranco dudó,
miró, siguió.
¿Sostenía acaso algo viejo, aprendido de evitar la gente? Estaba de malhumor? Estaba triste? Son preguntas que me hago.
Rober entró a ese lugar y mi paso sin apuro encontró apenas unos metros más adelante un episodio. Las tablas tapaban bastante el panorama, lo cual me indica que estaban a mi altura, y sin embargo yo iba por dentro de un rulo conocido, imposible de evitar, mi atención entraba directo al contenido del cajón, a la escena de dos gorriones aleteando.
Entonces, lo que pudo ser un jolgorio de primavera, cobraba urgencia con la proximidad. Yo intuía la desesperación de esos dos gorriones aleteando ruidosamente, sin compás.
No es raro que gane mi intuición, estoy acostumbrada pero me quedé quieta, parada para comprender la estructura de la situación.
Los pájaros intentaban afanosamente posarse en la varilla que atravesaba la caja. De a uno por vez.
En esa furtiva lucha por mantener el equilibrio se desprendían nubes de plumas, mini plumas azules del tamaño de mis pupilas azoradas, suspendidas en el aire.
¿Cómo es posible que algo pueda ser bellísimo y, simultáneamente, ser evidencia de sufrimiento?
Apareció la artista dentro del sueño. Y cuanto más vulnerable se vuelve lo observado, más intensa se vuelve mi mirada.
Allí parada, recorrí cada línea de ese mamotreto fui entendiendo por pedazos.
Un gran cajón de madera, como de 1 × 1 elevado a la altura de mis ojos, atravesado con una varilla demasiado fina y en un ángulo sobre la base había un comedero pequeño.
Se condensaba la tremenda comprensión de que un mecanismo no garantiza poder reparar todas sus consecuencias.
Me enfrentaba justo con ese límite de la eficacia.
Jalé la manija a mi alcance y activó un resorte, ¡Sorpresa! Modificó el mecanismo, bajó una punta de la varilla y se apoyó sobre el piso del cajón.
Solución para uno que bajó y comió.
Entonces; el último acto: el comedero y la varilla soportaban uno a la vez no ambos.
La debilidad del otro era como una sentencia que yo leía aseverando las pruebas, con todos sus detalles en vista de lente macro. ¿Y dónde terminaba mi nariz y dónde empezaba el pájaro?
Y acá es cuando se activó el disco de siempre, en la pista de siempre: la conmovedora locura de la artista, la belleza de las plumas, desmembradas por el esfuerzo, la muerte lenta de un instante que sabe que no existe pero igual le llega. ¿Dolerá el hambre? ¿Cómo es el dolor de los pájaros?
¿Qué ocurre cuando la sensibilidad estética y la compasión utilizan el mismo órgano?
Su cuerpito se hizo algo más laxo como escurrido entre mis manos. Quise darle de comer yo misma, pero en esa acción debía volver a la sala para buscar algo que sirva de solución y alimento.
Ahora que estoy despierta con la luz y sube el vapor del primer mate le pongo hoja a la ternura por ellos, enumero y repaso todas las posiciones y cómo cada una me permitía conocer algo que con la anterior no podía.
Entonces me pregunto: hasta dónde llega el límite de mi: depende.