Como es abajo es arriba, como es adentro es afuera.

—Esa fue la primera vez que unos gavilanes, haciendo lo suyo, turbaron así a Norman.

Se apresuró a acomodar alguna imagen en su archivo e inmediatamente recurrió al agua caliente para enjuagar el sudor del viaje. Como un acuerdo tácito con ella para reparar lo irremediable. El agua se juntaba entre los dedos de sus pies, él la miraba, pero su corazón miraba a los gavilanes y, manteniendo firme a ambas, balbuceó una confesión:

—Como es abajo es arriba. Me llamo Norman, soy un tipo pragmático, de los que pueden comprender las cosas sin apego, de los que entienden que todo tiene su razón de ser, y tanto lo entiendo que no me aferro ni a eso.

Su pulso estaba ahí, con los goterones espesos estrolados contra la mampara, y por un momento se estrolaba también, un poco, o bastante, la idea de que lo robaran. Como esos gavilanes del sueño. ¡Qué incongruencia! Minuto después, ya alistando las cosas en su ritual diario, miró el cielo por su ventana de todos los días, y qué tremendo ese punto donde lo usual y ordinario se transforma en extraordinario. El instante propio de la relevancia. Ninguna prueba, ningún suceso; sin embargo, sumido allí, como si fácilmente lo traspasase esa languidez celeste por arriba de su cabeza. Dio vuelta la hoja, la última del cuaderno, y se tomó el segundo para juguetear con el hilo de la costura. Tocaba escribir sobre el revés que siempre intentaba evitar. ¿Será por eso que esta vez no salieron por sí solas las palabras? Normalmente se le escapan de la pluma, pero esta mañana no era de esas. Tal vez desconfiaba escribir una profecía. En tal caso, la pausa rayando la hoja era el retén in actum.

—Me llamo Norman, soy un tipo pragmático. De los que pueden comprender las cosas sin apego, un tipo con recursos.

La puerta de nuevo al cuadro

—Había dilatado su mañana, había puesto suficiente distancia a las impresiones hasta que decidió volver a entrar por la puerta más cercana al recuerdo, la puerta de vuelta al cuadro:

—…Eran dos o tres. Uno era hindú, el de túnica blanca con franjas verdes. Se movían en el cielo como aplomados por una gravedad distinta. En simultáneo a lo de abajo.

Yo fui testigo de todo eso porque asistí al velorio, aunque más bien era un cierre. Una ceremonia en donde las personas amables de una comunidad pretendían cerrar algo. Todos estábamos de acuerdo con eso. Al menos yo no olfateé a ningún renegado.

Entre las idas y venidas del ajetreo noté que Rober no había llegado; no estaba en el grupete más allá de la colina, tampoco con los de este lado de la brecha hecha. Y no es que me cansé de buscar: lo supe cómo se establecen las certezas, fácilmente, naturalmente. En una sola mirada tuve todo ese prado verde fresco en mis ojos, y definitivamente él no estaba allí.

Así que pensé: es mejor ayudar. Conversé lo mínimo y necesario. No me detuve en eso.

Me acerqué al grupo de hombres que trabajaban con la porción de tierra más cercana al recoveco vallado. ¡Ya habían hecho bastante! Qué lindo era ese bien común, esa camaradería, esa fe. Sobre todo la fe, el soplo descomunal que empujaba esos cuerpos.

Puedo contar fielmente cada detalle porque yo también era uno de ellos.

¡Qué lío el movimiento de sus brazos!
Igual,
igual.

Era imposible hacer el seguimiento visual de uno en particular; sin embargo, no tuve dudas de que esas máquinas orgánicas en cámara rápida fueron milimétricamente calculadas.

Acá mi única duda era: ¿Cavaban o construían? Bueno, ¿acaso no se debe ir para abajo antes de ir para arriba? ¿Acaso no se debe enterrar para liberar? ¿Y qué significa liberar sino ir para arriba? En cualquier dirección ya sin lastre. Como mi pena, que después de llorarla un rato se expande en una sonrisa al benteveo,
al abejorro,
a la hoja,
a la nube.
En cualquier dirección.

Y ahí estaba Rober, detrás de la primera línea de paleantes.

Mi intención samaritana no tuvo oportunidad; traté de orientarme, de entender cuál era el plano. ¿Cómo eran posibles los dos sucesos al mismo tiempo? ¿Dónde estaba yo? Grité como quien rompe una tela definitivamente.

El robo

Los tres gavilanes iban alto, muy alto. Pero yo podía observarlos como con lente super tele; y las mínimas plumas blancas entraban por debajo de las marrones más grandes. Y los plumones suaves, despeinados por la justa causa y la premura, coronaban rotundamente el pecho de los ladrones. Mi horror fue por la fuerza entrenada de sus garfios al tomar el ataúd.

No los vi venir, como si alguien hubiese recortado fotogramas de esa película, quedando reducida a una concatenación de saltos visuales. Uno se apostó adelante, el otro en el medio, y el otro al final.

El plan de los 3 gavilanes trazó una línea recta en el aire, sin temblor, en apenas un suspiro.

Ahora, con otra perspectiva, reconozco que el término robar, desde mi postura, es mero juicio, y porque tal vez en algo me atañe. Entiendo que, en la perspectiva del gavilán, hay cosas disponibles para su sustento.

¿Cómo explicarle a un gavilán sobre el dolor del duelo? ¿El símbolo y el ritmo del incienso?

El muerto iba adentro de ese ataúd escultórico de mimbre. Un tubo parejo con agujero de entrada, salida y dos más en el medio. Qué extrañas esas puertas o respiraderos. Como una arquitectura de nido insólito, tejido con hebras crudas con franjas blancuzcas encaladas.

Yo quería volar para defender mi juicio con las venas hinchadas de mi cuello. Agité las manos pidiendo ayuda o para espantar lo que veía, pero mi espanto fue solo mío. Ni siquiera los tres curas que celebraban el ritual corrieron, aunque admito que cualquier defensa habría sido inútil.

Qué revoloteo de plumitas, ¡pobre muerto! El zangoloteo puso en evidencia que el finado era pequeño, de plumaje claro, y que estaba acostado en otro nido, adentro.

Como es adentro es afuera

No me enervaba que nadie se haya conmovido con el ritmo natural de las cosas, pero sí que estaba demasiado sorprendido. Eso dejó mis “peros” masticados, deformados por el calor del sol. Mi señora pena boyó acalambrada en la escena, con las túnicas flameantes de fondo. La blanca y roja. La de bandas verdes.

—Me llamo Norman. Soy un tipo razonable, fácil para trazar lógica sin apego. De los que pueden aceptar que existe una razón de ser hasta en los casos que no puedo ponerle palabras.

—Como es abajo es arriba, como es adentro es afuera. A tal punto que él está buscando las túnicas, las caras de los que intentarán defenderlo, aunque sea tarde.

 

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