El juego

– La coherencia tiene sobaco. Tracemos el mapa de cualquier lógica. El que las reconozca por cómo huelen o les encuentre la cara oculta cuando se pliega en la axila, ¡gana!

-¡Ayyy, Feli! Es que no puedo creer a lo que llegas. Bueno, Ok

-22 años; ¡Tiempo!

-Ok. Maíz quemado sobre mí mientras pateo el polvo de todas esas calles. Muchas entonces, y mucha la pena de mis vecinos, los residentes. Yo pasaba por el frente de la institución todos los días. 

“Los catalogados buenos tenían permiso de salidas”. Me pedían algún cigarrillo o alguna moneda al paso. 

En cada “no tengo”, crecía la rebeldía adentro mío. Se colaban dosis de enojo contra la misiadura, la de ellos y la mía.

 

Felipe casi no respiraba para escuchar el tamaño de los silencios, los acentos de las palabras. Sabía que su amiga avanzaba con dificultad, como quien camina en suelo encharcado con agua de ajenjo. 

 

-Pero el que me mataba era el de ojos verdes. 

Un verde imperturbable, de esos verdes transparentes, como un lago, que podés llegar al fondo o quedarte en la superficie, como quieras. De esos verdes que nunca podrías imaginarlos enfurecidos ni removidos. 

Y ahí cayó la primera corteza de mi traje.

Un día me animé a entrar. Había una galería perimetral a un gran patio redondo. Bien encalado todo, pero era indisimulable la carencia antigua. 

Ese día, con toda la información sobre el de ojos verdes y los otros, no pude desoír la primera pregunta, el primer miedo real,  el primer contacto con el dolor. Bueno, no. Había otros, pero esos no los elegí yo, vinieron con el mazo. Acá fue distinto, en ese entonces el crecer se volvió voluntad.

Por eso, El Aleph quedó inconcluso, amarilleando con la espera en el estante. 

Las tardes de anatomía en la biblioteca del instituto tuvieron la silla libre. 

La fiesta bajó su volumen. Ganó la música de la intemperie en el cañaveral del patio trasero del recinto.

Me había quedado con la idea de que esa fue mi época full full de retratos. Pero ahora que te cuento, revivo sus propias alegrías.

De la nada, con sus caminos hacia atrás mochados, a ser modelos. Y se quedaban ahí. Súper quietos. ¡modelos! Yo generalmente tardaba, no sé cuánto, pero le dedicaba tiempo a la línea, al pliegue de la arruga, la comisura, el pelo. Me costaba establecer jerarquías en el nudo apretado de cada situación.

Empezaba a asumir opiniones; opiniones sobre la injusticia, sobre las verdades, sobre la familia. ¡Sobre la humanidad y la vida! Estaba considerando el mundo con una mirada cerrada, rabiosa, asustada. Por suerte, el hilo de luz endeble que siempre se colaba en todo alcanzó para poner belleza al cuadro. 

Y yo después les mostraba. Ese era el momento más enorme, casi el combustible de aquel tiempo.

¡Sus caras, Feli! ¡Tenías que ver sus caras! Se encendían en sus ojos por un ratito, y yo podía tocar su contentura.

¿Te gané esta partida, Feli?

¿Cuántos sobacos oliste?

 

Y así pasaban el tiempo libre, con la honestidad del mate, en cualquier sitio, bajo cualquier cielo, con los juegos raros que generalmente se le ocurrían a Felipe. No era cuestión de hacerse viejos nomás, seguían creciendo por amor.