El psicólogo en la caja
Miro los brazos de esta palmera, recuerdo el día que la planté, pero esto no incumbe. Importa su movimiento. Eso sí, podría quedarme largo tiempo observando el movimiento de las cosas, de la vida. ¡Qué espectáculo! Cómo el viento invita a esta palmera a romper estructuras… Bueno, en realidad no le da opción: el viento no da opción.
Silva menos fuerte que el agua caliente de la pava de mi mate, empuja y despliega la mañana de Buenos Aires. Y en los zamarreos del jardín se cuela, como puede, la música del llamador de ángeles.
Me pregunto: ¿Qué surgió primero? ¿El vaivén a la derecha o a la izquierda? ¿El Sí, el do o el re? ¿El pájaro que cruzó por detrás de la palmera acaso estaba de vuelta al nido?
El reflejo del sueño
Esto me recuerda el sueño de anoche. ¡Qué fuerte la imagen del psicólogo! ¿Estaba dormido o muerto? ¿Por qué sentí escalofríos?
Resulta que yo estaba buscándolo, esperándolo. Él me había recibido antes en su casa, a donde fui acompañada por alguien, probablemente mi madre. Una casa honesta, abrigada, austera, de esas en donde solo hay lugar para lo utilitario. Nos sentamos en la mesa de la cocina-comedor, en la única que había. Me hubiesen gustado más ventanas, más luz, pero, de todos modos, había lo necesario.
Puse la carpeta sobre la mesa. ¡Hechos! Hechos, no palabras. Mi voz, un poco ansiosa, llenaba los ángulos de la sala, tratando de sintetizar mi motivo de consulta. Mi recorrido venía de otros médicos. ¿Por dónde? ¿Cuándo inició la ruta de mis planteos? No podría firmarlo. Ni siquiera recuerdo si fue un detonante médico o un síntoma emocional.
El psicólogo, un moreno de pelo corto oscuro, edad media, se movía en la cocina con la naturalidad propia de quien está en su mundo. No digo que no me escuchase, pero hasta cruzó un comentario bajito con su pareja. ¡Qué extraño! Mi conciencia recorría muy conmigo todos los recovecos y, evidentemente, yo no me terminaba de acomodar en la situación.
Y la incomodidad suele ser así: uno empieza a ajustar las cinchas desde diferentes lados posibles, a ver si cuadra, y en eso también se distrae, porque no lo vi más. De buenas a primeras, dejó de estar y me quedé ahí, esperándolo, creyendo que iba a volver.
La caja
Sin embargo, me vi caminando tranquilamente en la calle, bajo la noche; una noche de ciudad, mansa, sin escándalos. Y fue entonces, al inicio de la nueva calle, donde vi la caja, como un nicho, apretada, casi una decoración de fachada. Algunas plantas, o sombras de plantas, se movían sobre él.
Su cuerpo estaba sentado, encajado adentro. Muy apretado. Fue cuando vi su rostro que lo reconocí y, confieso, me estremeció la incertidumbre.
Su ojo derecho se puso a dormir, pero su ojo izquierdo estaba semi abierto, como en duda y sin parpadeo. ¿Acaso me estaba mirando a mí? No, no había motivos en su ojo izquierdo: frío, profundo, marrón oscuro.
Sube el vaho de la hierba espumante.
Dejo que suba y lo disfruto; dejo que se mueva la palmera y lo disfruto.