Nahuel
¡Qué ventarrón porfiado el de ese verano! La parte linda es que refutaba el aroma a cardos empolvados. Mientras el cielo resumía un corolario particular —bueno, en realidad ya era costumbre que el cielo se pintarrajease con rojos y naranjas sobre esos campos—, ese verano no fue distinto.
Nahuel acomodaba las últimas tropillas y ella disfrutaba con esas sombras chinas.
Uno,
dos,
tres,
cuatro: los mechones plateados de los charcos, que explotaban como largos pelos en el aire cuando las patas cortaban el suelo.
Los ojos de óleo rojo y miel quemada de Nahuel inquietaban a más de uno; sin embargo, para ella no fueron una amenaza. Por el contrario, le recordaron a la ajada vida de algún abuelo que nunca conoció; le recordaron el cansancio y el esmero de una época que jamás vivió.
El estruendo de sus carcajadas de cómic antiguo la trajo de vuelta. Se animó y pidió permiso para sentarse a su lado.
La diferencia entre el hacer y el ser
Era más fácil predecir las mareas de un sueño que los años en el rostro de Nahuel. Lampiño, las arrugas lo cruceteaban sin premura, y de los rabillos se rebalsaba un brillo genuino. Pero, sin dudas, las manos eran la mejor escultura para el espíritu de la artista: como si a fuerza de intemperie y sudor se hubiesen convertido en una especie de cartón, densísimo.
Alicia no pudo evitar su inquietud original respecto a las manos. Entendió su obsesión por descubrir las manos de la gente, y enseguida volvió sobre la diferencia entre el hacer y el ser. Bromeó con eso de que no eran amigos del mismo charco; no intentó encuadrar ninguna explicación para ese interés original.
Pensó que aquel aspecto no tenía coherencia con la musicalidad de su voz.
¿Era el relato? ¿O la vibración de la voz? Ambos tuvieron la certeza de que eligieron entre lo urgente y lo importante. Quedó de manifiesto que lo áspero y grotesco también es sublime.
No hacía falta firmar aquel dibujo: eran conscientes de que la obra era única y de que estuvo siempre compuesta por infinitas líneas,
gruesas y finas.
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